Soy buscapleitos de oficio. Lo reconozco. Por algo soy periodista. Apenas supe que en su presentación de memoria y cuentos “Chiavez” (Esparza: te tomo la palabra) se ufanaba de un supuesto crecimiento de la producción agrícola en 2010, eché mano de las cifras del Banco Central de Venezuela para recordarle a quien me leyera que el Producto Interno Bruto Agrícola cayó el año pasado 2,1%, una deducción harto contrarrevolucionaria y golpista, lo sé, si se toma en cuenta que el desempeño de la agricultura nacional ya no forma parte de las estadísticas oficiales. Su desempeño es tan pobre, que hace años está resumido en el degradado reglón “Resto” en las cuentas bancocentralistas. Allí queda el sector agrícola venezolano, arrumado en un deshonroso apartado compartiendo penas y ninguna gloria con hoteles y restaurantes.
De allí saqué una somera conclusión: el comandante-presidente dio a conocer cifras agrícolas que corresponden a otro país, porque a este no; lo que me lleva a pensar que si “Chiavez” fuera un mandatario serio despediría a Nelson Merentes y a todo el directorio del BCV por echarle la burra pal’ monte, al decir que la actividad del campo cayó cuando él está convencido –y quiere convencernos- de todo lo contrario.
Más allá de estas fastidiosas consideraciones técnicas, es imposible pasar por alto el detalle sobre rubros que estaban a punto de desaparecer, y que según el comandante presidente, crecieron en 2010: algodón (22%), maní, ajonjolí (3,6%), girasol (148%), frijol (17%), caraotas (1,7%) y el glorioso quinchoncho (7%). Como me recuerda Telmo Almada, el aumento de la cosecha de quinchoncho es impelable en cuanta alocución “Chiavez” ofrece para magnificar las glorias agrícolas del gobierno.
Y aquí voy al grano. En honor a la verdad: ¿cuántos de los que van a leer esto (y ojala sean muchos) han comido alguna vez en su vida quinchoncho? ¿Quiénes de los que dedicaron su tiempo a seguir estas líneas han visto un quinchoncho? ¿Cuántos conocen su planta? Es más: ¿Quién sabe qué carajo es el quinchoncho?
Estoy seguro que muy pocos saben siquiera que se trata de un grano, de una leguminosa (cajanus indicus o cajanus cajan es su nombre científico) que cual frijol balsino, se prepara en sopa o como acompañante de comidas típicas de los llanos venezolanos.
No los estoy ofendiendo. No les estoy diciendo ignorantes. Nada más lejos. Solo que como citadinos, estoy seguro de que pocos han visto un quinchoncho, porque en esta Caracas de hoy es muy raro encontrar esta poco apreciada (y agraciada) leguminosa.
Provinciano al fin (nací en Caripito, edo. Monagas, y mis vacaciones transcurrían entre Cariaquito, edo Sucre, y Buena Vista, edo. Anzoátegui, donde vivían mis difuntas abuelas paterna y materna, respectivamente), conozco las pocas bondades gastronómicas de este grano rechoncho y amarillento.
No me gusta, lo confieso. Por más que “Chiavez” se empeñe en ensalzarlo, es el único grano que no consumo con agrado. Y seguro estoy que muchos de ustedes tampoco. Tiene un sabor amargo que, según Candelaria, mi madre, se debe a que pocas personas lo saben preparar, pues hay que dejarlo remojar a sol y sereno, botarle el agua varias veces y cocinarlo mucho para que largue el sabor acre que deja en la boca.
Con todas estas tonterías solo quiero sacarme la frustración por el empeño de “Chiavez” de vendernos la idea de que el país está saliendo del hueco, que la agricultura está boyante y que vamos hacia la soberanía alimentaria plena. Coño presidente: ¿quién carajo en este país basa su dieta en quinchoncho? Si el bendito grano al menos fuera agradable al paladar, seguro que podría sustituir a las caraotas (que son importadas casi todas, por cierto) en el muy criollo pabellón. Pero ese pobre grano no podrá nunca ser un ingrediente de peso en la culinaria nacional. Olvídelo.
Dedique esos esfuerzos y recursos en algo realmente importante, como hacer crecer la siembra de caraotas, de arroz (que también estamos importando), de papa (que cayó 60% el año pasado y también tendremos que traer de afuera), de maíz, plátano, café o caña de azúcar, que bastante falta nos hace comer y beber esas cosas a diario.
Deje el quinchoncho para lo que siempre ha sido: un grano que se come de vez en cuando en las regiones llaneras. Y digo de vez en cuando porque hasta en mi familia, llanerísima como es, se come poco por su aspereza, pesadez y colosal efecto flatulencial.
Es más, le doy una idea: si tanto empeño tiene en hacer crecer la cosecha de quinchoncho, industrialícelo como tratamiento contra la sinusitis, pues lo que no se puede negar es la eficacia de inhalar la infusión de sus cogollos o echarse unas goticas de guarapo de las flores en la nariz para destapar los senos paranasales. Tanto es su poder curativo, que los gringos lo han transformado en pastillas.
También le doy un dato, comandante-presidente: decía mi abuelo Guillermo –que de eso sabía pues murió con más de 110 años a cuestas- que las cataplasmas de hojas de quinchoncho eran buenísimas para los dolores reumáticos, y un cocimiento de su raíz sirve para los cálculos y otros males renales.
Esa podría ser una buena solución, pero no nos siga sometiendo al escarnio internacional de vanagloriarse por el incremento productivo de una leguminosa que no da para más.
Y por favor, no se le ocurra ofrecerle un realero a Aníbal Nazoa para convencerlo de hacer un comercial sobre el quinchoncho, a imagen y semejanza de aquel que decía “coman sardina”. Evítenos esa vergüenza.
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;)
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