martes, 3 de febrero de 2009

El rancho de Chana

De haberse tratado de una boda, el comentario general habría sido que la novia acostumbraba a comer en la olla, a decir del torrencial aguacero que convirtió en un lodazal la entrada del hotel Chana Cardón, primero de una cadena que a juzgar por la calidad de los invitados a la inauguración, tiene la mesa servida para convertirse en una de las más importantes del oriente del país.

En la churuata-lobby de la revolucionaria posada, tres pupilas de Rita Córdoba insistían en resguardarse de la pertinaz llovizna que azotaba la isla de Margarita, pero la proveedora oficial de nuevos talentos para las pasarelas nacionales arengaba a sus muchachas para que cumplieran el cometido que las llevó al sarao y se confundieran entre el numeroso público.

Una de ellas, ataviada de largo, se resignó a arrastrar el barro de la vergüenza que ineludiblemente se pegaba a su rojísimo atuendo, mientras que otra soportaba estoicamente el frío que dejaba la brisa marina sobre las chapas metálicas de su minúsculo vestido.

Un poco más allá, una restaurada Martha Rodríguez Miranda se empeñaba en levantar los ruedos de su impoluto pantalón con la esperanza fallida de eludir el barrial, mientras seguramente pensaba en el poco refinamiento mostrado por un risueño Alejandro Uzcategui, presidente de la bolivariana organización Empresarios por Venezuela, quien brazos en alto cual CAP en sus mejores tiempos, impartía saludos a diestra y siniestra sin medir que con cada paso salpicaba a sus compañeros de diluvio.

Osmel Souza era otro que se debatía entre internarse en la jungla humana o guarecer su escaso cabello de la maléfica lluvia. Prefirió refugiarse en la prominente estatura de Pilín León para esperar a que la tormenta amainara, mientras trataba que las cámaras dejaran de seguir a la muy preñada Viviana Gibelli y se ocuparan de las beldades de pies enchumbados puestas allí para embellecer el acto.

“No se preocupe, que las que tenemos en archivo nos sirven. Es que no se pueden hacer unas nuevas porque la lluvia y la gente no dejan”, comentaba por celular con inconfundible acento cachaco una probable corresponsal colombiana, que trataba de saber quién era quién en aquel maremagnum humano ante la imposibilidad de hacer nuevas tomas de la posada y lo variopinta concurrencia.

Como en botica
Tras probar sin suerte hacerse de uno de los pocos bocadillos a disposición de los invitados, camarógrafos y entrevistadora de Televen perseguían al especialista en nutrición Carlos Lanz para conocer sus impresiones del evento, mientras el diseñador Giovanni Scutaro aguardaba no muy pacientemente su turno frente a la lente.

La chica de Sun Channel hacia lo propio, pero el escaso conocimiento sobre la existencia de ese canal hizo arrugar la cara a más de un abordado. Solo Valentina Quintero sonreía a boca llena para reconocer las bondades de una estructura que lluvia y agite impedían apreciar.

A lo lejos, los entumecidos músicos de Serenata Guayanesa reiniciaban su presentación tras verse obligados a abandonar el primer intento por el estruendoso chaparrón. Pero el público no los acompañaban: según el abolengo, cada quien prefería ver o dejarse ver al lado de alguna figura tanto o más importante. Nunca se sabe cuándo aparecería uno de los muchos fotógrafos sociales arribados de todas partes del país y de varias capitales latinoamericanas.

A un lado de la piscina, la ex congresista y mujer fuerte de Acción Democrática Ixora Rojas lucía su impecable atuendo, segura como estaba de que Milagro González, su contraparte y contrincante copeyana, no formaba parte del convite.

Frente a frente se encontraron el ex gobernador insular Alexis Navarro y el parlamentario Carlos Escarrá, quien hizo un paréntesis en la campaña por el Sí de la enmienda para internarse bajo el amparo de la nocturnidad en las playas de Antolín del Campo.

Orgulloso por hacer realidad su sueño de abrir el hotel, el anfitrión Pedro Castillo repartía abrazos a conocidos o no, ofreciendo unos pocos minutos si se trataba de un convidado de postín. Demasiados amigos había que saludar como para instalarse mucho tiempo con una sola persona.

Por donde quiera que se posara la mirada, las blanquísimas guayaberas (el rojo no figuraba, al menos en la vestimenta) de los caballeros con tarjeta de acceso se confidía con las vulgares camisas níveas del batallón de mesoneros que se abría paso entre la concurrencia para repartir whisky 18 años, champaña ‘de la buena’, vodka de botellas contorneada, vinos de solera y cuanto licor los invitados quisieran. La profusa existencia de dionisíacos caldos no tenía límite.

Apenas eran las 7:00 de la noche y las dos horas trascurridas desde que había comenzado la celebración con muchos tragos y pocos pasapalos, comenzaban a hacer efecto entre los convocados. Un periodista inconfundiblemente mexicano preguntaba si Norkys Batista –perdida entre el gentío- había llegado. Un colega español se ufanaba del carnet que lo identificaba como empleado de la revista Hola, llegado especialmente para cubrir la animada fiesta.

Cual nereida a decir por el azul mar de su traje, Carmen Montoya, responsable de colocar cada uno de los nombres en la larga lista de invitados, se ocupaba en atender a los más conspicuos invitados, entre los que se contaban el nuevo magnate de los tanqueros bolivarianos Wilmer Ruperti; el heredero de la Constructora Sambil Freddy Cohén (olvidado ya el episodio del local de La Candelaria); el empresario Roberto Sierra y lo más graneado de la sociedad margariteña.

Merengue y caldo chipichipi
Unas sentidas palabras del anfitrión in memoriam de su difunta madre Chana Uzcátegui, pusieron en la tarima ubicada sobre el mar a una deslucida Daniela Kozan, orgullosa sin embargo de llevar encima uno de los primeros trajes con los cuales María Andreína, uno de los retoños de la precursora hotelera, busca alcanzar el estrellato en las pasarelas.

Antecedido por una lluvia de fuegos artificiales y con temor a la otra -la que moja- arruinara su presentación, el invitado especial Bertín Osborne saltó a la escena. Sin la exigida guayabera, el español hizo alarde de lo aprendido en sus viajes a Venezuela y lo enseñado por su maracucha esposa cuando subió a la tarima para “echarle bolas” a un concierto “improvisado”, pues no pudo ensayar a causa del chaparrón. “Aunque estoy escoñetao, vamos a darle”, afirmó en un lenguaje más acorde con los locales que de un representante de la más rancia burguesía ibérica.

Acompañado del coro humano y de un mariachi llegado directamente desde Juan Griego, Bertín esbozó algunos de sus antiguos éxitos, para culminar su escuálida intervención con el “Venezuela” de Armenteros y Herreros, no sin antes agradecer a algunos de sus grandes amigos presentes: “Ruperti, a ver si nos tomamos algo”, “Guillermito (González) rolo’e vivo ¿cómo estás?”, “Pedro, gracias por nombrarme imagen del hotel”.

Sin nadie que le pidiera una canción más, el heredero de la bodega Osborne decidió refugiarse en el bar del hotel para tomar una copa del vino que hizo traer para su disfrute particular, acompañado de una Jacqueline Aguilera que no se despegó nunca de su lado, al menos mientras el dios Baco permitió a la gente no distorsionar la escena.

La concurrida audiencia fue tal, que mientras una jauría perseguía a divo, suficiente público volvía a congregarse en el escenario para la última atracción de la noche. Invocando una marejada que le permitiera despachar con rapidez su presentación, Roberto Antonio entonaba sus canciones al ritmo de un merengue añejo que hizo sacarse los zapatos a más de una para echar una bailadita en la empapada arena.

Un reconfortante consomé de chipichipi, que según se dijo fue montado a última hora por las vecinas de El Tirano –el grueso de la comida no pudo llegar a la isla-, reconfortó los ánimos de los cansados y famélicos espectadores. En otros parajes del recinto, quienes desistieron de probar el típico plato, corrían en medio del charco para alcanzar uno de los taxis a disposición de los invitados y llegar a tierra firma en pos de un bocado.

Otros, los más aguerridos y seguramente animados por el afrodisíaco caldo, hicieron caso omiso a las intermitencias del clima y siguieron la juerga hasta llegada la mañana. Total, de beber sobraba y el deseo de regresar a sus hoteles era escaso. Pocas veces se comparte en tan poco espacio con tan variada concurrencia.

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